Anthony Hopkins se une a John Travolta en una historia de mafiosos dirigida por Joe Johnston.
febrero 10, 2012
El Invitado, pasar un buen rato no es tan difícil
Nos enfrentamos al estreno de acción de la semana con las mismas ganas con que nos acercamos a todos sus anteriores. Que no son pocas, porque las sorpresas están a la orden del día en este mundo tan original en que vivimos, pero tampoco vamos deseosos de encontrar la obra maestra que cambiará nuestras vidas. No sé si se me entiende. Cargando con esta premisa en la mochila, nos acercamos un poco más al cartel, y nos encontramos la pequeña sorpresa de Denzel Washington y Ryan Reynolds protagonizándola. Aquí ya nos mosqueamos, ante la evidente apuesta por la valoración positiva de aquello que estamos acostumbrados a encontrar (concepto que en la gran pantalla se traduce en caras famosas). Cuando la película empieza, la valoración primera es la solvencia del relativamente joven Daniel Espinosa para resolver las tensiones que nos presentan a los personajes. Cuando la película alcanza la hora, hemos cruzado abrazos con demasiados conocidos como para seguir esperando la magia. Y cuando casi llegamos a las dos horas con sus créditos, lo único en lo que es posible pensar es en el hambre que dan estas producciones.
Creo que la mejor manera de abordar este ‘nuevo’ thriller es comparándolo con sus compañeros de fatigas. Al menos no saldrá tan mal parado como si habláramos de lo que podría haber llegado a ser y nunca siquiera rozó. Su historia no sale en ningún momento de los límites tácitamente establecidos para este género, con sus tramas políticas, sus corruptelas y sus amenazas mundiales: Un peligroso renegado de la CIA (Washington) entra en acción diez años después. Cuando unos mercenarios atacan el piso franco que ocupa, un agente novato (Reynolds) escapa con él. Ambos intentan sobrevivir para averiguar quién quiere acabar con ellos. Sí que resulta bastante increíble la relación amorosa del personaje de Reynolds, pero seguro que alguien saldrá contento con ella así que ¿por qué negar ese placer? Y al igual que en sus primas, cada escena va cargada de millones de historias secundarias que jamás se llegan a resolver del todo, y que a veces dejan al espectador con ganas de más, pero otras veces te hacen desear que la película hubiera tomado ese camino, y no el que de hecho tomó.
Todavía con este enfoque, podemos prestar atención al dinamismo de corte Michael Bay que impregna prácticamente cada segundo de la pantalla. Que no está nada mal. Hay fuerza, hay tensión, hay correctas resoluciones de las persecuciones y tiroteos y carreras e imposibles saltos con pértiga de los personajes. Nada demasiado nuevo, no vayan a darnos sorpresas, pero sí tratado con inteligencia para no ofrecer al público el peligroso telefilm, cuyas fronteras recorren peligrosamente todos los films de este corte. La labor fotográfica es la del contraste al 100%, y pequeños momentos en que el sonido nos regala alguna de sus afectivas explosiones nos recuerdan que no estamos en la segunda fila de las producciones.
Huelga repetir que el elenco entero es un reclamo. Lo que sí que no está demás es que las tornas parecen un poco cambiadas: los mejores actores a la segunda fila, y viceversa. Así Denzel Washington nos ofrece sus mil y una caras de circunstancias alternadas con alguna de las sonrisas que tanto desagradan de Plan Oculto (Spike Lee, 2006), aunque afortunadamente, nunca tan sobreactuadas como en ésta. Ryan Reynolds hace poco más que entornar los ojuelos, en ese tan su papel de ‘soy un poco bobo y no me entero de mucho, pero mi alma de buenazo lo acabará por solucionar todo’. Pero de alguna manera, la relación de la pareja protagonista se sostiene mediante un hilo de conversaciones ‘nacido para matar’ que hacen amenos los momentos que no son de correr. A lo que me refería con los actores de segunda fila es al lujoso reparto de secundarios, que incluyen a los gloriosos Brendan Gleeson, Vera Farmiga y Sam Shepard. Ahora imagínense la película interpretado por ellos… mola, ¿no?
La crítica más severa no es ya la reutilización de estándares, sino el reciclaje de los mismos dentro del propio film. Así, momentos de silencio seguidos de una cacho explosión, o de un tiroteo, o de cosas de esas que ya sabemos, ocurren unas cuantas veces a lo largo de todo el metraje. Las persecuciones acaban, por numerosas, por agotar. Y cuando llega el momento de los epílogos, nos encontramos con los insufribles cuatro o cinco finales que alargan los minutos sin piedad para ese espectador que, como las hemorroides, sufre el bombardeo de tópicos en silencio.
En el nivel de entretenimiento, está donde el McDonalds a la vida sana. Mi consejo es verla tras una buena hamburguesa de estas. El hambre saciada da sueño, y el sueño altera un poco la capacidad crítica. Sin ella, la cinta tampoco es tan mala. De hecho, puede llegar a disfrutarse sanamente como parte de ese entretenimiento culpable que todos nos permitimos con frecuencias que poco tienen de ocasionales. De los oscarses, oiga, mejor no hablamos. Pero por todo lo demás, pues por qué no.




